No todas las deudas son iguales. La deuda buena es la que te ayuda a generar riqueza o valor a largo plazo, como una hipoteca o un préstamo para estudiar. La deuda mala es la que financia consumo inmediato a un coste alto, como comprar a plazos con la tarjeta de crédito. Distinguirlas es clave para saber cuándo endeudarse tiene sentido y cuándo es un error.
Una deuda buena cumple normalmente dos cosas: financia algo que aumenta de valor o genera ingresos futuros (una casa, una formación que mejora tu sueldo, un negocio), y tiene un interés bajo. La hipoteca es el ejemplo clásico: te endeudas, sí, pero para adquirir un bien que sueles conservar y que puede revalorizarse.
La deuda mala financia cosas que pierden valor o que se consumen (un capricho, unas vacaciones, el último móvil) y suele tener intereses altos. Pagar a plazos con la tarjeta un viaje que disfrutas en una semana pero que sigues pagando durante meses, con intereses, es el ejemplo perfecto de deuda mala.
Incluso una deuda "buena" puede volverse mala si te endeudas por encima de lo que puedes pagar. Una hipoteca demasiado grande para tus ingresos es un problema, por muy "buena" que sea la categoría. La clave no es solo el tipo de deuda, sino que puedas asumirla con holgura.